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Cuento de navidad

Acabo de leer un magnigico artículo del autor del codiciado libro "La sombra del viento" (novela que estoy leyendo en estos momentos y de la que hablaré más adelante), Carlos Luis Zafón. El escrito está publicado en el periódico El Mundo y toca el tema central de la novela: los libros olvidados y perdidos. Aunque ahora podemos leer el artículo online, dudo que pasados unas días siga diponible, así que lo "copio y pego" a continuación, esperando que no tengamos nigún problema de derechos de autor... (tal como están las cosas nunca se sabe).

Navidad en la biblioteca de los libros fantasma

Cierro el libro y me digo que esta Navidad ya he encontrado mi tesoro, mi libro fantasma, y que sólo me queda invitar, tentar, al lector aburrido de galerías comerciales y obsequios sin vida a que se anime a resucitar su propio libro fantasma, su propio mundo.

Charles Dickens, que escribió los mejores cuentos navideños, sabía que la Navidad, ese gran cuento, necesita de espectros y aparecidos para recordarnos que estamos vivos y preguntarnos qué pensamos hacer con ese extraño don que nunca hemos pedido y que no se vende en El Corte Inglés.

Mi fantasma navideño de este año, y de casi todos los años, es un libro. Cada año me propongo desenterrar algún tomo que se había dado por muerto. Mi búsqueda para el candidato de este año empezó este mes de noviembre cuando, de paso por Viena, un bibliófilo local me contaba que existía en la ciudad una librería de viejo con un sótano en el que habían unos 90 mil libros. Hablábamos de catacumbas literarias y babeles borgianos ocultos en las tinieblas de las ciudades más viejas del mundo, algunos pura leyenda, otros tristemente destruidos y algunos, quizás, por descubrir. Mi extraña costumbre de querer salvar uno de esos libros fantasma empezó hace años cuando, viviendo en los Estados Unidos, supe de la existencia de empresas que se especializaban en la destrucción de libros.

Empecé por entonces a visitar si cabe con más asiduidad y entusiasmo aquellos camposantos de libros y no le hice ascos a desenterrar a algunos de sus tumbas y llevarme los cadáveres exánimes de obras olvidadas con la idea de resucitarlos de sus sarcófagos de piel desdibujada y títulos velados por los años.

La experiencia me ha enseñado que a menudo las más fascinantes catedrales de libros malditos no se encuentran necesariamente en lugares de ecos románticos y novelescos, sino en los rincones más insospechados y mundanos. Por deformación profesional tiendo a incubar ensoñaciones en technicolor sobre bibliotecas de libros prohibidos ocultas en las ruinas de un antiguo manicomio de Budapest, o laberintos de códices prohibidos esperando ser desveladas en la telaraña de túneles bajo la ciudad de los muertos de El Cairo.

Cada cual tiene sus debilidades. Tras recorrer más millas que una maleta extraviada por los aeropuertos de medio mundo, acabé por encontrar mi candidato a libro fantasma del año en el menos lírico de los escenarios: Long Beach, California, el mayor puerto industrial del mundo y peculiar ciudadela ubicada a unos treinta minutos al sur de Los Ángeles tras un infinito bosque metálico de infernales refinerías, puentes colgantes y un siniestro islote bautizado con un nombre de ciencia-ficción, Terminal Island, donde algunos desafortunados prisioneros del servicio de inmigración pasan semanas o meses sin saber muy bien donde están ni a donde irán a parar. Allí, en una zona dilapidada, miserable y patrullada por mendigos, pandillas con subfusil de asalto y tranvías que se pierden en la niebla tóxica del smog, se alza un viejo edificio con aspecto de hangar de aviación en el que apenas hay alumbrado eléctrico y donde al visitante se le aconseja que traiga su propia linterna.

Un amigo que a veces me acompaña en mis expediciones a este lugar, más cauto que yo, además suele traerse su propia mascarilla quirúrgica y guantes de látex, porque la atmósfera interna de ese santuario hace que el climax de Blade Runner parezca un anuncio de fines de semana en Menorca.

Tras diversas incursiones en los túneles del hangar se produce el encuentro fortuito. Es un tomo en piel que unos cien años atrás debió ser verde y cuyo título hay que descifrar como un relieve en Braille. Se trata de una recopilación de artículos escritos por Victor Hugo para diversos diarios de París en el siglo XIX. El celador del lugar me pide cuatro dólares por él. Le doy cinco. Un gato luciferino que reposa sobre el mostrador y me mira fijamente, parece guiñarme el ojo y felicitarme por la ganga.

Es más tarde, por la noche, cuando me dispongo a inspeccionar el libro y elijo un episodio al azar. En él, Victor Hugo narra con pluma de platino su última visita al lecho de muerte de Balzac. Por unos minutos me siento transportado a un París legendario, a una conversación entre genios que me hace pensar en esa cámara subterránea del Panteón de París en el que las tumbas de Victor Hugo, Dumas y Zola se miran eternamente. La lente de Victor Hugo fotografía el momento con esa infinita precisión que sólo la alquimia de tinta y papel puede ofrecer.

Ciento cincuenta años no han restado ni un ápice de intensidad y tragedia a esa escena. Cierro el libro y me digo que esta Navidad ya he encontrado mi tesoro, mi libro fantasma, y que sólo me queda invitar, tentar, al lector aburrido de galerías comerciales y obsequios sin vida que se anime a resucitar su propio libro fantasma, su propio mundo, y que si encuentra una legendaria ciudadela de tomos y universos espectrales en el más improbable de los lugares me lo cuente y uno de esos días, seguiré sus pasos.


Espero que lo disfrutarais como yo lo he hecho y que quede claro que su reproducción ha sido sin ánimo de lucro!

Catuxa